Bran

Lo más visitado de esta pequeña ciudad es sin duda su castillo que, como todos, es majestuoso, pero antes de meternos de lleno en él, quiero compartir otra cosa que también llama la atención de Bran. Sus calles. Debo decir que a medida que paseábamos por ellas, me preguntaba si este lugar inspiró por su aspecto o si tiene ese aspecto por la novela. En cualquier caso el pueblo entero parece la escenografía de una película. Los toques negros, grises y rojos predominan. Los ves en la vestimenta de la gente, en su forma de maquillarse, en las fachadas de sus casas, bancos, farmacias, restaurantes, hoteles, autoservicios, en fin, por todas partes, y hasta las nubes parecen confabular, ¿no creen?

Ahora sí, ¡vamos al castillo! 

Este importante monumento rumano debe su gran popularidad a la novela: Drácula, de Bram Stoker, pero también este escritor le debe mucho a este castillo, puesto que le sirvió de inspiración y tras verlo, se puede entender por qué. 

Visto desde lejos, tiene la apariencia de estar deshabitado, e incluso, abandonado, pero sin embargo, a pesar de estar allí desde 1377, está muy bien mantenido.

Uno de los accesos.

Por dentro, tiene muchos pasillos, amplias estancias y mobiliario que se conserva desde la época en la que fue ocupado por reyes y nobleza, de hecho, en la habitación que le perteneció a la reina María de Rumanía, continúa su cama y sigue vestida con sus cosas; entre ellas un vestido de encaje blanco que luce de lo más fantasmal. 

Hay un intento de tematizarlo de manera vampírica, y es lógico, puesto que la gente lo ha bautizado como el «Castillo de Drácula», pero pienso que no es necesario hacerlo, ya que, como en todo castillo, hay un halo de soledad no buscada, ecos al hablar, crujidos al andar, y todo eso, ya ofrece a los visitantes esas sensaciones que quieren experimentar, aún a sabiendas, de que esa ni siquiera fue la verdadera residencia de Vlad Tepes; un príncipe rumano que heredó el sobrenombre «Vlad Draculea» por su padre, a quien llamaban «Vlad Dracul» por pertenecer a la Orden del Dragón, y que posteriormente, también se le conocería como «Vlad, El empalador», debido a la forma en la que daba muerte a sus enemigos. 

Vlad Tepes, «Vlad Draculea» o «Vlad, el empalador»

Lo que más me gustó fueron sus exteriores: los jardines, sus escalones, los tejados, sus balcones y la vista desde sus ventanales. Desde allí, pude contemplar lo mismo que todas las personas que han habitado este castillo a lo largo de sus más de 600 años, y en mi opinión, esta conexión con el pasado es el auténtico encanto que tiene este lugar.

Como dato curioso, les diré que en algunos de sus jardines se hallan cruces de gran tamaño sobre tumbas auténticas, y no sólo en los del castillo, por toda Transilvania se van encontrando cementerios y lápidas en los jardines de las iglesias e incluso entre las casas. ¿Lo imaginan? Casa, casa, cementerio, casa… No hice fotos por un tema de respeto, pero sí lo comento porque me parece una costumbre tan singular que no podía dejar de contarla.  

Espero que les haya entretenido.

¡Adiós! Hasta la próxima! O, como dicen en estas tierras, ¡Pa!